El descanso es un derecho reconocido en la mayoría de las legislaciones laborales del mundo y hay suficiente evidencia científica que confirma su importancia para la salud física y mental. Sin embargo, todavía persiste un cierto tabú cuando se trata de las vacaciones de líderes políticos. ¿Las y los presidentes pueden irse de vacaciones?
Anteriormente, se esperaba que quienes ocupaban cargos de máxima responsabilidad fueran capaces de trabajar sin pausas y soportar la presión de forma ininterrumpida. Pero en los últimos años ha crecido la conciencia sobre la necesidad de que también ellos dispongan de momentos de descanso. De hecho, una encuesta reciente en el Reino Unido reveló que un 80% de la población opina que el primer ministro debería disfrutar del mismo tiempo libre o de un poco menos que el resto de la ciudadanía; solo un 5% apuntó que no debería tomarse vacaciones. La mayor atención que la salud mental ha recibido en el debate público —tema que, en política, ha sido visibilizado por Jacinda Ardern y Gabriel Boric, por mencionar un par— ha contribuido a reforzar la idea de que los líderes también son humanos, como advierte un interesante estudio de Better Politics Foundation.
Siempre ha habido —y probablemente seguirá habiendo— quienes hacen alarde de no tomarse vacaciones, buscando con ello proyectar la imagen del superhombre que, en otros tiempos, era el arquetipo dominante. «No tomes vacaciones. ¿Para qué? Si no disfrutas tu trabajo, es que estás en el trabajo equivocado», escribió Donald Trump en uno de sus libros, aunque, luego, en su primera Administración se tomó 378 días. O más recientemente el francés François Bayrou: «Detesto tomar vacaciones».
Necesarias y merecidas, pero ¿oportunas y prudentes?
El tiempo de descanso de los políticos rara vez está regulado por ley y suele quedar supeditado a la imagen que puedan proyectar sus vacaciones. Esta situación se vuelve aún más compleja en un contexto de hipervigilancia, donde cada decisión de este tipo despierta un morbo particular, como se evidenció en las últimas semanas con las vacaciones de Pedro Sánchez en La Mareta. Necesarias, sí. Merecidas, también. Pero ¿oportunas? ¿prudentes? ¿adecuadas? Aquí algunas ideas sobre cómo deberían ser las vacaciones políticas para generar el menor ruido posible:
1. En el calendario habitual. Las vacaciones son más aceptadas (o menos criticadas) si coinciden con los tiempos en los que la mayoría descansa. En España, por ejemplo, mejor en agosto que en septiembre.
2. Sin abusar. No solo conviene tomarlas con el resto de los mortales, sino también en similares cantidades. Ya nadie se animaría a ausentarse cuatro meses, como hizo James Madison, pero incluso ausentarse durante mucho menos tiempo también puede generar malestar. En Argentina, Mauricio Macri recibió muchas críticas por tomarse un promedio de 36 días de descanso al año, cuando la mayoría de las y los trabajadores argentinos gozan de dos semanas.
3. En el país. La elección del destino puede ser un mensaje en sí mismo. En el 2002, Blair eligió una zona afectada por la fiebre aftosa para fomentar el turismo interno, y Bill Clinton llegó a encargar encuestas para definir a dónde debía vacacionar con su familia. Los viajes al extranjero, que antes estaban más permitidos (Churchill en Marrakech o Merkel en Italia), hoy parecen tener un coste más alto.
4. O en segundas residencias. «Los presidentes no se toman vacaciones, solo cambian de escenario», dijo alguna vez Nancy Reagan. En Estados Unidos hay tradición de casas blancas de verano, residencias particulares que se transforman, durante unas semanas, en centros de operaciones: Monte Vernon de George Washington, el rancho de Crawford de George W. Bush o, más reciente, Mar-a-Lago de Trump. El periodista Ken Walsh repasa estos refugios y las grandes decisiones que se tomaron en estas working vacations.
«En Estados Unidos hay tradición de ‘casas blancas de verano’, residencias particulares que se transforman, durante unas semanas, en centros de operaciones»
5. Sin lujos. Es mejor evitar los excesos. Los destinos ostentosos suelen generar más ruido que calma y, al final, acaban entorpeciendo el descanso. Mal negocio. Hay muchos ejemplos, como las vacaciones millonarias de Sarkozy en Córcega o las de los Obama en Martha’s Vineyard, una exclusiva isla en Massachusetts o, más recientemente, la polémica que rodeó al diputado morenista Ricardo Monreal tras difundirse imágenes suyas en un hotel de alto nivel en Madrid.
6. Coherente. Las vacaciones no pueden contradecir el discurso público. Un ministro canadiense se vio obligado a renunciar cuando se supo que había estado de viaje en el extranjero durante la pandemia. Y Emmanuel Macron también fue duramente criticado por dejarse ver sobre un jet ski —un vehículo que consume mucho más combustible que un coche promedio— poco después de advertir sobre la necesidad de ahorrar energía por la guerra en Ucrania.
7. Flexibles. Saber renunciar al descanso en momentos críticos suele ser bien valorado por la opinión pública. El año pasado, por ejemplo, Keir Starmer, a las pocas semanas de asumir el cargo de primer ministro de Reino Unido, canceló sus vacaciones para atender los disturbios provocados por grupos de extrema derecha. No hacerlo, en cambio, puede tener un alto coste político. Le ocurrió a Daniel Scioli, cuando era gobernador de la provincia de Buenos Aires: viajó a Italia durante unas inundaciones y su ausencia terminó afectando su imagen en plena campaña presidencial.
8. Con transparencia. En la era digital, ocultar un descanso político es prácticamente imposible. Es preferible comunicar abiertamente cuándo, dónde y por cuánto tiempo se tomará vacaciones. El secretismo, como la mentira, tiene patas cortas. Trudeau, por ejemplo, fue sancionado por ocultar y negar que había pasado un fin de año en la isla privada del filántropo Aga Khan, cuya fundación recibía subvenciones del gobierno canadiense. Una comunicación proactiva no solo puede minimizar el riesgo de críticas, sino que también puede convertirse en una oportunidad de humanización y conseguir buenos niveles de engagement en redes sociales.
Las vacaciones no solo son necesarias para la salud de quienes nos representan, sino que también pueden ofrecer un tiempo valioso para la reflexión de los grandes desafíos. Por eso, más que evitarlas, conviene aceptarlas, regularlas y comunicarlas sin complejos.
Publicado en Agenda Pública el 8 de agosto de 2025.
Foto: Obama en unas vacaciones en Hawái. | Pete Souza / Zuma Press / ContactoPhoto.
